No darle tregua a la cruda es la consigna
Publicado el 26 de diciembre de 2007 en Milenio Diario de Monterrey, en la gráfica algunos de los parraquianos navideños.
Por Alejandro Silva Martínez
La pantalla de plasma detrás de la barra proyecta la película All I Want for Christmas, pero nadie en el Sabino Gordo atiende la televisión; la mayoría de quienes están a media mañana dentro del bar aparentan tener todo lo que quieren esta Navidad.
La gente busca donde curarse la cruda, pero ahí no hay necesidad de ello porque a las 10:30 todos siguen bebiendo como cuando arribaron la noche anterior.
Tras concluir la fiesta de Noche Buena sólo hay siete personas, una de ellas es una mujer ebria que platica con un hombre. Como fondo, una canción de los Bukis que sale de la radiola.Es la única cantina abierta la mañana del 25 de diciembre en la calle Villagrán, zona que alberga 30 bares.
“Aquí nunca cerramos”, dice ufano un mesero, que por lo descansado, debió empezar el turno a las 7:00.
En el Sabino Gordo si se es mujer y se llega lunes o martes entre 20:00 y 21:50, el bar regala 50 pesos para el taxi, además se puede hallar empleo como mesero o asistente de barra.
En el Sabino Gordo hay alcohol las 24 horas del día, los 365 días del año, versión extrema de las tiendas de conveniencia, exceptuando que éstas respetan los horarios de venta.
Pero a nadie importa la ilegalidad del único antro que los refugia en un día que supuestamente se pasa en familia. Todos tienen una razón para estar ahí.
El 25 de diciembre, la única mujer que sigue dentro del lugar se llama Julia y está ocupada desde la madrugada con un sujeto que encaja con el perfil de un sicario del crimen organizado, pero el mesero aclara el oficio del tipo al pedirle que le cambie un billete como responsable de la caja.
La penumbra se ilumina con la decoración tipo discoteca, y con las luces neón que hacen brillar dos carteles que separan los lugares en la barra para los meseros y el extremo derecho para las edecanes.
Pero hoy el acceso es libre y tres hombres alcoholizados departen y comparten su soledad.
“Soy de Jalisco, de los Altos, pero todavía no he matado a nadie”, grita uno de ellos durante un intermedio de la radiola.
“En Jalisco se dan los hombres”, responde uno de los cantineros.
“Pero unos con otros”, revira.
Es un simple borracho que no comerá lumbre y menos con el bar tender que parece un oso de pie, su gordura lo hace desplazarse lento, pero el jalisquillo, de tipo campesino con sombrero, sopesa que no será rival para él y prefiere concluir el chiste.
Los rayos de sol que se filtran por la puerta que una chica abre de repente, se parecen al brillo de una explosión en pleno espacio.
Desde el resplandor, la figura espigada de la mujer llama a su amiga.
“Julia, ¿te vas a ir o te vas quedar?” Y Julia asiente mientras balbucea que ya anda muy peda y la va a regañar su mamá.
El Sabino Gordo se convierte en la isla de los hombres solos, mientras el jaliscience insiste en que los de sus tierra sí son hombres y se agarran pero a balazos; alguien lo quiere callar y en la radiola suena el corrido de Gerardo González por los Bravos del Norte y la voz de Ramón Ayala.Son las 14:00, pero el Sabino Gordo ya no es el único bar abierto.
Otros tres a esa hora dan servicio a todas y todos aquellos que, sea por gusto o porque no hubo de otra, debieron pasar una Navidad alternativa.
